Caminando hacia el tubo, escapé repentinamente de una tormenta de hojas secas que yacían muertas sobre la vía del tren. Su color amarillento adivinaba otrora un verde claro, tan claro como que ahora querían volar para alcanzar su cielo. Meta de todo muerto. El viento del tranvía las había colocado en mi camino haciéndome sentir frío a mediados de noviembre. Un tiempo de otoño que, en mi ciudad de origen es, poco menos que verano.
Pero aquí, al norte de Italia, muy cerca del país del cu-cu, se adelantaban a las tormentas. Y tanto.
El país de la moda. Donde pude ver tendencias que ni imaginamos todavía que llevaremos dentro de tres o cuatro años. Y que llegarán a los "Outlets" extendiéndose en el tiempo , quizá 10 o 15 años desde que surgieron aquí.
Gafas de diseño en madera, se exhibían, todo orgullo, en los escaparates de las tiendas de óptica.
Colores magenta y cian, que sólo conocen los expertos en las bellas artes, eran usuales en las ropas de la gente que paseaba a la sombra del Duomo. Y "La Galería". Oh! una passeggiata dopo mengiato" por la Galería era un lujo.
Oh! , pero mi italiano "piccolo" me limitaba tanto... Eso sí, lo imito a la perfección. Sólo es cuestión de añadirle un tono musical al final de la "parola" y hacer unos cuantos aspavientos con las manos.
Lengua romántica para cantar y elegante para escribir "La Divina Comedia".
Y aquel viaje era, sin duda, el final de mi propia "Divina Comedia". Casi al final de mi infierno,encontré un cielo abierto.
Mi ángel de la guarda estaba de baja por depresión. Según me informaron desde el cielo.
-El jefe está muy enfadado contigo
- Y ¿Por qué? pregunté antes de mi "partenza"
- Porque das mucho trabajo al ángel custodio y ya te has cargado a dos que están prejubilados.
- Y ¿Cómo voy a viajar sin ángel custodio?
- Ah! Ya te apañarás. Aprende a estar sola.
Y así, sola, encontré el cielo maravilloso de esta ciudad tan septentrional y al mismo tiempo tan cerca del Mediterráneo.
Hasta llegar al "chentro" tenía que viajar en el tubo, "la metro".
Un día, caminando, encontré un billete rojo y lo cogí. Aquello era un buen augurio. (Luego después me enteré que Auguri, significa felicidades).
En la metro yo miraba muy fijamente los zapatos de la gente. Quise jugar a adivinar el rostro según el calzado que llevaba cada cual.
Estos pensamientos eran extremadamente divertidos.
Las zapatillas deportivas se acompañaban de un pantalón vaquero y , alzando un poco más la vista, una cara imberbe, "pulita" e giovane. Esto último lo adivinaba y acertaba.
El "giorno" siempre acababa en el pomeriggio, sobre las cuatro de la tarde, cuando me retiraba a la "camera" de stradisegno.
Estos capítulos continuarán. Tanto como se solapan las vivencias en nuestras existencias tan importantes para el creador.
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