Me fui por detrás de las fincas altas a descubrir las vías que había visto desde lo alto del autobús.
Era un gran espacio vacío, con una gran curva y detrás de ella, más vacío todavía.
El blanco del vacío me gustaba.
El autobús pasaba por unas vías subterráneas llenas de luz natural. El sol penetraba por el subterráneo que intercalaba con espacios abiertos a la superficie. No había obscuridad.
El vacío otra vez: el final del autobús estaba vacío de gente y no había asientos. La sensación era muy agradable. Se parecía al cielo que siempre nos han prometido después de la muerte.
Y yo buscaba lo contrario. La claridad y el amor eran sensaciones que percibía sin esforzarme; de forma natural.
Al subir, el conductor me pidió una moneda. Es curioso, en italiano, conductor se dice autista. Es cierto que el conductor en Roma va aislado del mundo.
La autista era yo.
Y..." en la próxima parada, quien quiera continuar que pulse el timbre", dijo el conductor a todo el mundo.
Y todo el mundo pulsó el timbre menos yo, que tuve que apearme.
Y en ese momento el autobús tomó otro camino. El ascendente hacia el cielo. Y, cambiando el letrero de su itinerario, me despidió con un gesto que decía "tu te lo has perdido, por no llamar".
El itinerario anunciaba: "A partir de la parada en la que termina el vacío el autobús emprenderá camino hacia el cielo,covirtiéndose en un globo.
En ese momento me di cuenta de que en el autobús solo viajaban niños.
El viaje, tan sólo por una moneda, no era un viaje, sino una aventura que alejaba a sus viajantes de la realidad.
Yo me quedé sola y poniéndome el abrigo de visón, que sentí arropada. Aquella piel me servía de cobijo.
Ya no estaba sola.
Y comencé a caminar para buscar la parada del autobús. Pero solo pasaba por la superficie y en sentido contrario a aquella calle por la que yo pasaba todos los días.
El autobús iba a tardar mucho rato. Por lo que decidí caminar hasta que encontrase el mismo autobús.
Paré a refrescarme la garganta. Y, allí, el dueño del bar me ofreció quedarme. Para ilusionarme sacó unos trozos de tortilla de algunos días. Se avergonzó un poco. No tenía otra cosa que ofrecerme y le pareció poco. Pero a mí no me importaba.
En ese momento apareció un personaje que estaba loco. Me asustó un poco. La locura no era de miedo. Lo que me asustaba era lo exigente que se mostró antes de salir de casa.
Colándose por una ventana, apareció antes de marcharme a coger el autobús. Iba muy desaliñado y llevaba unas gafas enormes.
Cuando volvió a aparecer en el bar, el dueño, me advirtió de la locura. Pero ésto no me asustaba. ¿Qué me asustaba entonces? Me enfrentré a mi miedo: le llamé y sus palabras me apartaron con un profundo aliento a alcohol. No estaba borracho ni estaba loco.
Apareció muy bien vestido con corbata y camisa planchada.
Le invité a que se acercara. Me pidió un beso y le dije que sólo le podía ofrecer la mejilla. Me besó.
Entonces, los dos comprendimos al mismo tiempo , que yo no podía ofrecerle amor. Aquel era mi miedo.
Pero no se puso pesado. Lo entendió y yo también entendí que era noble y no estaba loco. Mi miedo desapareció cuando lo descubrí. Así son los miedos de cobardes; cuando los obligas a salir de su escondite entonces desaparecen.
Caminamos a lo largo de la calle un rato, hasta que se despidió de mi diciéndome, "si no me puedes ofrecer amor porque ya estás enamorada de él, entonces no eres una coqueta sin sentimientos". Lo comprendo y te dejo ir. Tu actitud me gusta.
Me dejó en el camino a la altura de un callejón que se adentraba por el interior de los edificios.
Aquello eran las calles angostas y sucias de un pueblo. Había jaulas con aves de corral dentro.
Todo estaba lleno de aves de corral. Eran monstruos que habían sido encerrados allí dentro por excepcionales.
Dos ejemplares de aves, muy pequeñas, pedaleaban unas bicicletas paralelas que daban lugar a un tapiz de colores amarillos y verdes que bajaban hasta vestir a dos seres humanos muy diminutos que se aprovechaban del trabajo de los "frikis".
Había otro ave, dentro de una jaula superior que lucía unos espectaculares colores, verdes y amarillos, en sus alas. De sus excrementos también salían unos vestidos tejidos con cordones, llenos de agujeros, que hacían un encaje maravilloso que un ser humano ,especialmente diminuto, iba poniéndose a medida que el ave "frikie" lo tejía.
Volví la vista hacia la izquierda y, al principio de un callejón que ascendía, se encontraba aparcado un coche blanco con la portezuela de atrás medio abierta y, de ella salían las ramas de un arbusto.
Volví la mirada hacia las aves exóticas, y me encontré con una gallina normal que andaba suelta por las calles, cacareando todo el rato. Se espantó al verme y soltó un "cucucuca" saltando con las alas medio abiertas,sabiendo que no podía volar.
En una habitación muy obscura, se proyectaban videos de música country.
Sus habitantes sólo escuchaban. No entendían más que la melodía y se sentían afines a estos personajes, también muy campesinos. Uno sacó una pipa enorme, sin color, (era negra), de la cual uno bebía cerveza, de forma mágica, Al mismo tiempo que uno absorbía cerveza, unas bolitas iban de arriba para abajo y así, soplando, se podía fabricar música.
Entonces, giré la vista hacia la derecha y allí, al fondo de todo, encontré un patio de luces, que estaba muy obscuro y más al fondo y sin poder ver nada más, había un muro de ladrillo cara vista muy antiguo.
Allí, en el reverso de la calle, no existían las fachadas. Allí, en el reverso de las fincas todas tenían la misma pared, blanca, muy sucia. Allí, en el doblez de la fachada, todo el mundo tendía la ropa interior..Allí, nada era como en el exterior . .Allí.... el mal llamado patio de luces, era obscuro, las fincas solo se distinguían por su edad. Allí.... no pude encontrar la claridad del sol.
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