ha llegado.
La calma tensa
que precede a la tempestad
nos hace ver las luces lejanas
que nos impiden
ver las cercanas.
Como el iceberg
que sólo asoma
a la superficie
en el momento exacto
que nos parte en dos.
Y las dos mitades
llegan al deseo
al tiempo que tocan fondo.
Y, allí en la profundidad,
admiran la luz
que les ha llevado a la mayor obscuridad.
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